Silencio
Escuchando: Amsterdam (Coldplay)
Siempre me ha fascinado el silencio como vehículo de expresión verbal. Por su grado modulable de impacto, por sus matices, por sus giros, y por su universalidad. El silencio puede ser signo de asentimiento, desaprobación, desinterés. El silencio puede matar y puede hacerte vivir de nuevo. Hay silencios muertos, y silencios mágicos. Hay silencios bajos, y silencios atronadores. Hay silencios universales, y silencios que sólo dos comparten. Hay silencios acusadores, en los que sólo sabes agachar la cabeza porque no hay defensa posible. Cuando eres niño y descubren el plato que rompiste. Cuando eres adolescente y descubren al lugar al que no fuiste. Cuando te crees adulto y descubres que una vez más has metido la pata.
Hay silencios cómplices. Con un significado que ninguna palabra por sí sola, o con ayuda, podría abarcar. Silencios acompañados de miradas, de sonrisas, de códigos invisibles a los que sólo unos pocos pueden acceder.
Hay silencios que se cuelan cuando las palabras sobran, o cuando éstas no son más que el recuerdo de un sistema de comunicación obsoleto. Cuando en tu propio silencio puedes escuchar el silencio del otro.