Conspiraciones y manipulaciones
Hace menos de un mes, mientras salía de la estación de Atocha, una mujer me avasalló con una octavilla. De mediana edad, no llegaría a los 40 o hacía poco que los había estrenado, bien peinada, consecuentemente maquillada, y exhibiendo su porte de ser supremo, parecía recién salida del escaparate de Cacharel de Serrano. Realmente, ella misma parecía no saber que estaba haciendo allí, como si se sintiese incómoda entre aquellos seres a los que seguramente nadie les hubiese enseñado las leyes del decoro que tan bien sabía ella. Aquellos seres que debían desplazarse, por una u otra razón, en el infame transporte público. Aquellos seres cuya ropa podía haber salido incluso del Carrefour.
No sé, y nunca sabré el contenido exacto de aquella octavilla, aunque por desgracia podría imaginármelo. No quise leerla. Sólo fui capaz de romperla iracundamente en dos o tres trozos y tirarla en la papelera más cercana, repleta de más trozos de octavillas como aquella.
Antes de tomar aquella decisión, sólo había conseguido visualizar un gran eslogan que en negrito gritaba algo así como: “Queremos saber toda la verdad sobre el 11M”, acompañado por la silueta de un peón de ajedrez.