Pandora, querida Pandora
Jamás he sido una persona con unos gustos musicales claros y definidos. Mis cambios de humor, mis etapas, mis rachas (cortas y largas), siempre han ido acompañadas de diferentes tipos de melodías. Desde el punk rock que escuchaba a mis quince años (Bad Religion, Offspring, Green Day, Millencolin), los cantautores a los 16, la música celta y la ópera a los 17, el rock “alternativo” a los 18, el pop más suave a los 19, el heavy metal más deprimente a los 20 (My Dying Bride, Anathema), el “descubrimiento” de Miles Davis a los 21… Todas ellas salpicadas por géneros que se mezclaban entre sí según el día, según la hora, según mi etapa hormonal.
El problema siempre ha surgido cuando, después de desgastar cada nota de cada canción, en cada uno de mis paranoicos paseos sin fin, el sentido de mis épocas musicales acababa debido a la repetición de las mismas canciones, y a la limitación de conocimientos sobre autores.