Guadaña y Balanza
Ayer, mientras leía un artículo que pretendía despertar de nuevo la polémica de si llevaremos en nuestro ADN o no, genes del Homo neanderthalensis, me enteré que Pinochet por fin había estirado la pata.
La verdad, no puedo decir que me alegrara del todo. Al fin y al cabo, el ex dictador chileno murió con más cuidados que los que tendremos la mayoría el día que se nos agoten las pilas. Además, la muerte al fin y al cabo es una sentencia que no es exclusiva de dictadores y cabrones varios, algunos incluso la llegan a tildar de “final de sus sufrimientos”.
Sin embargo, aunque hubiese querido celebrarlo nadie me hubiese secundado. Y eso que, a pesar de mi disgusto inicial de que Pinochet no hubiese sido arrojado vivo al mar, sentía no sé porqué, unas irrefrenables ganas de coger el teléfono y comunicarle a mi abuelo la buena noticia. Quizá sólo era una forma de intentar vengarme por traumas pasados y comidas futuras (¿y si saco este año en Navidad el tema Pinochet?, podría ser divertido).