Con poco humor
Nunca he sido persona de hacer bromas. Simple y llanamente porque nunca he aguantado demasiado bien que me las hicieran a mí. Debe ser que tengo un sentido del ridículo demasiado inflado, o como dice mi madre, que tengo demasiada mala leche (que no sabe de donde me viene, que de verdad, mira que eres rara… y dos minutos después se sube a las paredes porque descubre que he puesto en mi armario un jersey en el “lado” de las perchas para los pantalones).
Mi padre en eso siempre ha sido diferente. No, no es que le guste que le hagan bromas. Al contrario. Podría decirse que se las toma peor que yo. Quizá porque nunca tuvo muy regulada su zona de “auto-control”. Que sé yo. Pero siempre le ha encantado hacerle bromas al personal, y sobre todo, a una servidora (y luego pasa lo que pasa). Al final, al igual que mi madre, habla de mi mala leche y de que no sabe de donde la he sacado. Mi hermana, mientras tanto, se suele descojonar en un rincón del cuarto, o azuzar un poco… ¿para qué si no están los hermanos pequeños? Luego, se pregunta desconcertado por qué guardo esa especie de rencor eterno hacia él, con lo bien que nos lo pasábamos cuando yo era pequeña, muy pequeña, y me dejaba sola en medio de los centros comerciales, a ver qué hacía, mientras se escondía detrás de alguna columna el tiempo suficiente hasta que me entraba la desesperación (…).