Dinamizando mis vacaciones
Llega la semana de exámenes. Esa en la que por fin dilucidas que todo es verdad, que no es una pesadilla, que ya han llegado, que vas a tirarte un par de semanas con ojeras, estrés y tensión estomacal. Pero intentas tranquilizarte: has estudiado, no tiene porqué salir nada mal. Vas a por todas. Para poder descansar este veranito y rumiar agustito sobre la levedad metafísica del aburrimiento como diferenciación esencial entre seres humanos y resto de bichos que pueblan el planeta.
Tienes hasta tus apuntes todo cuidaditos, organizados en sus carpetitas de colores (rosas excluidas obviamente), junto con las lecturas, las prácticas, y los libros de consulta. Por tener tienes hasta la mínima seguridad de que este verano por fin vas a poder hacer el vago sin remordimientos de conciencia.
Entonces llega el día antes del examen. Y como no, obviamente, la temida amiga que debía haber venido hace dos días (la señora de rojo, a qué huelen las nubes, me gusta ser mujer) llega entonces. Con las temidas consecuencias para servidora, que como algunos saben y sufren, tiene dismenorrea aguda (es decir, como diría nuestra querida Elena, me cagüen en la ruina de mis putos ovarios, cabrones, o como diría yo: elevación de la alarma en el sistema psicopático que induce pensamientos de mutilación de órganos internos femeninos).