Regalos inesperados
Hubo una cosa que desde pequeña mi madre me enseñó con ahínco: “Hija, en esta vida, absolutamente nada es gratis. Ni siquiera ir a misa todos los domingos, que luego siempre te pasan el cepillo”.
Y la verdad, es de esas frases que se me han quedado grabadas, vaya usted a saber porqué. Debe ser la memoria episódica de las narices, que me funciona a toda celeridad, mientras la memoria de los apuntes es una basura. Porque recuerdo incluso que estábamos pasando frente al portal de mi tía, que era por la mañana y que, como no, íbamos con prisas para coger el autobús del colegio.
Así que desde entonces dejé de fiarme si alguien me ofrecía algo gratis, y no era mi cumpleaños ni el día de Reyes. Y la verdad, nunca me fue mal, porque la verdad, al final la cosa nunca era gratis. Todos conocemos las cartas que te anuncian que has ganado una tele, un DVD, una vajilla, no se cuanto dinero, etc. O los concursos de la tele en los que si te sabes la respuesta a una estúpida pregunta, por un mensaje de texto o una llamadita de teléfono, vas a conseguir un estupendo premio.
Obviamente, todo mentira. Y para quien no lo sepa, lo siento, le están timando.