28 semanas después
De todos es sabido que, durante el periodo estival, el cine no es más que un lugar infecto por largometrajes incapaces de combatir con los “super-estrenos” de las Navidades. Sin embargo, bien es cierto que a veces podemos encontrarnos gratas excepciones (sobre todo, porque tampoco es tan complicado superar ciertos estrenos invernales). Y 28 Semanas Después podría ser considerada como una de estas sorpresas veraniegas.
Tratándose de una secuela tiene un mayor mérito añadido. Sobre todo porque de ninguna manera te hace echar de menos a su predecesora, 28 Días Después, e incluso podría afirmarse sin titubear demasiado que la supera. También es cierto que ambas cintas sólo tienen algo en común: el devastador ‘virus de la ira’, y los deshumanizados seres que persiguen cualquier cacho de carne viviente para clavarle garras y caninos.
Porque la primera gran baza de esta película es esto mismo: desvincularse de su antecesora (las comparaciones siempre resultaron odiosas). Y si en la primera cinta era el descubrimiento de lo que había pasado, y la carrera por la supervivencia, en la segunda cinta, firmada por el español Juan Carlos Fresnadillo, la supervivencia se alia con la moral, la humanidad hurgando en un interrogante ya muy antiguo: ¿somos esencialmente humanos o es nuestra humanidad solo un mecanismo para una mejor adaptación?
Desde las primeras escenas, en las que Robert Carlyle abandona a su mujer a su suerte ante una tropa de hambrientos infectados, para su propia supervivencia, el mensaje nos queda más que claro. El ser humano se guía por su propia capacidad de adaptación.
