¿De qué equipo eres?
Una se da cuenta que han acabado definitivamente las vacaciones cuando los niveles de crispación política vuelven a sus cauces. Los periódicos relatan a su manera los dimes y diretes, mientras que en mi cuello se empieza a formar la contractura del nuevo curso, y en las sobremesas rezo para que no pongan las noticias y se establezca una nueva discusión que no llegará a ningún puerto.
El descanso, desde luego, tampoco es que durara mucho. Y no es que durante el verano se dejara a un lado la rivalidad política. Pero las sosas crispaciones del estío se diluyen con las siestas, los helados, y las jarritas de cerveza con limón (y las pilas de apuntes que no te dejan enterarte de casi nada). Hasta que un día alguien vuelve a pronunciar la dichosa pregunta: Y tú, ¿a quién vas a votar?
Así que ahora tienes una nueva contractura, la contractura de las elecciones. Que acaba de asentarse en tu cuello y no se irá hasta la primera cogorza después de las generales. Porque no solo la política ha vuelto de vacaciones, es que este año toca de nuevo ir a votar. Y claro, también toca aguantar la parafernalia de promesas, acusaciones y monólogos cómicos que se montan alrededor de las llamadas campañas electorales.
El a quién vas a votar, parece transformarse en una cuestión simplemente de elegir a tu equipo favorito, tatuarte su escudo en la frente, y defenderlo a capa y espada ante el cruel adversario. Como si de la preparación de un Barça-Madrid se tratara.
Llegamos a discutir como hienas, y saltamos a la menor durante el telediario. No dejamos de encontrar millones de excusas para no votar al partido contrario, pero a veces dudo que encontremos más de diez para votar a “nuestro equipo”. Por desgracia, la primera y última razón suele pasar únicamente por nuestro sentido de pertenencia. Que socialmente es bastante importante, sí, pero acaba limitando en muchas ocasiones nuestra capacidad de juicio.
Porque sabemos todo lo malo de “nuestros enemigos”, pero no somos capaces ni de conocer los puntos principales de la campaña de nuestro equipo. Y no digamos ya conocer los puntos de los contrarios. Faltaría más, no vamos a cometer tamaña herejía. Son malos y ya está, es un razonamiento tan válido como para mantenernos en la ignorancia.
Puede ser vaguería. Es más útil y económico para nuestro sistema cognitivo procesar únicamente las señales más relevantes que nos bombardean desde los medios informativos. O peor aún, quedarnos sólo con lo que ha dicho un miembro de tu grupo de referencia, que lo ha oido a otro compañero, que se comenta por ahí, que sí, que lo sacaron ayer por las noticias. Y establecemos entonces en nuestra ya contaminada memoria más datos para ser felices con nuestra afiliación política.
Puede ser también incluso por una especie de miedo que no llegamos a percibir. Porque, a lo mejor, si todos fuésemos capaces de analizar lo más objetivamente posible la situación (dentro de lo humanamente posible, que es bien poco), de informarnos de las fuentes más primarias posibles (con los programas electorales, por ejemplo), de establecer causas, medios y posibles consecuencias, nos ahogaríamos en el escepticismo. Como humanos que somos, no sería muy posible desprenderse del odio hacia el partido contrario, pero se descubrirían sentimientos negativos hacia el propio. Y eso es peligroso, porque se tambalería totalmente nuestro referente.
Puede ser, y ojalá no fuese (aunque por desgracia en muchos casos es así), que realmente no nos interesase la política. Es lícito, aunque incongruente con nuestra carta de derechos y deberes de ciudadanos que viven en un estado democrático. En el fondo (y en la superficie), es nuestra responsabilidad elegir nuestro gobierno, aunque las opciones dadas sean tan sumamente malas.
Y cuidado, que es diferente el desinterés hacia la política, que el desagrado hacia la política. No confundamos tocino y velocidad. El desagrado puede llevar a un desinterés, para evadirnos de aquel aspecto tan negativo que queremos evitar. Pero “puede” no es el síntoma de una lógica directa “desagrado, por tanto, desinterés”. Lo negativo también puede actuar como agente impulsor de cambios, o de meras discusiones llenas de mala baba.
¿Debería educarse a las nuevas generaciones en la responsabilidad que conlleva la democracia?, ¿o no sería esto tan inútil como exigir que el precio de la vivienda baje? Y sí, desde luego, lo que potencia una mejor educación es el ejemplo del entorno familiar, mal vamos si no modificamos eso , por mucho que desde otros sitios (como los centros educativos) se intente débilmente enseñar todo lo que conlleva ser un ciudadano democrátivo.
Y tú, ¿a quién vas a votar?

Ya no cabe duda. Has vuelto en todo tu esplendor XD.
En este país ya sabemos a quien votar, a los malos o a los tontos, y que no nos den más opciones que son todas malignas, perversas y peligrosas.
¿En todo mi esplendor? xD Bueno, veremos si se puede mantener. Disertar a veces hace que me salgan más contracturas si cabe.
Yo ya veré que hago este año. Los tontos son muy tontos, y cada vez menos útiles tal como está la situación del país. Los malos, encima de malos, son tontos también, así que tampoco iban a hacer mucho bien, ni para ellos, ni para los demás. Así que la cosa estará como siempre: votar a los tontos, votar a otros tontos minoristas, o votar nulo, mándarlos todos a tomar por culo y tener luego remordimientos como salgan los malos tontos, y lo hagan tan malevolamente mal como me espero.