De patriotas y patriotas
Todos pertenecemos a grupos. Es algo tan inamovible que ya lo tenemos predestinado en ciertos aspectos, aún cuando no hemos salido del útero materno. En esos momentos, en los que somos una masa de células en plena formación aislada del mundo exterior, ya pertenecemos sin saberlo al grupo de los mujeres o de los hombre, al grupo formado por la familia que nos ha tocado por cosas de la genética y el azar. Y poco podremos hacer al respecto.
Lo mismo pasa con la tierra. Es como si ésta, en su afán de permanencia quisiera agarrarnos con las raíces de fronteras imaginarias sólo por el hecho de abrir los ojos en cierto lugar. Somos de nuestro pueblo, de nuestra ciudad, de nuestra comunidad autónoma, de lo que consideramos nuestro país.
Y hay momentos en los que uno ya no sabe si de verdad es porque pertenece espiritualmente a aquel sitio, porque es un deber moral que tiene con aquel lugar donde lo ha vivido todo, donde lo ha dado todo, o porque no es más que otra función adaptativa social del ser humano que le ayuda en esa ardua tarea que es sobrevivir (y pretender hacerlo dignamente).