July9
1. Tu estómago secreta ácido corrosivo
Sí, a pesar de todos los controles en los aeropuertos existentes y su medida de limitar la entrada de líquidos a los aviones hay algo que no pueden confiscarte, y está en tu barriga. Y es que nuestro estómago (revisad vuestras lecciones de biología en el cole) secreta ácido clorhídrico, un corrosivo líquido que se usa en la industria para tratar los metales.
Sin embargo, gracias a nuestras paredes estomacales, este líquido gracias al que se forman las bombas de salfumán, resulta inocuo (si las hamburguesas del McDonalds no nos destrozan… menos lo iba a hacer el ácido clorhídrico).
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July3
Cuando era más pequeña y necesitaba buscar información acudía a mi gran enciclopedia Larousse, y si quería ampliar más revolvía entre los libros de la biblioteca de mi barrio. Y todos los datos encontrados los masticaba, los asimilaba y los arrojaba donde fuese necesario. Y me sentía orgullosa de mi ínfimo saber, porque había añadido ladrillos de conocimiento a mi cerebro, y poco a poco iba construyendo una “increíble” arquitectura de saber.
Luego, llegó Internet.
Y la biblioteca de mi barrio se quedo pequeña. Y mi enciclopedia Larousse quedó abandonada, siendo visitada de vez en cuando por el plumero de mi madre.
Llegaron los buscadores y sus resultados, que se agolpaban en la pantalla del ordenador esperando ser absorbidos. Decenas, cientos, miles de resultados. Fuentes de diferentes orígenes, con diferentes puntos de vista, con diferentes conclusiones. Fuentes que se contradecían las unas a las otras, fuentes que se quedaban a medias en cosas que no parecían interesarles, fuentes que mentían, fuentes que plagiaban, fuentes con ningún tipo de referencia.
Empecé a dudar de todo. Empecé a dudar de la información que encontraba en Internet, empecé a dudar de mis profesores, empecé a dudar de mis libros de texto, empecé a dudar de mi abandonada y gran enciclopedia Larousse.
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July1
Martes, 10 de la mañana. Necesito hacer unas fotocopias de un par de recibos y de mi DNI, así que me dirijo a la papelería de mi calle (estoy vaga para comprarle un tóner a mi “multicopiadora inútil”). Entro y suelto el consabido buenos días (que una es muy educada cuando quiere, y los dueños de la papelería son muy majetes y conocidos de toda la vida).
Hay dos personas delante de mí, y una de ellas, un hombre de unos 60 años que está esperando aún a que le atiendan no hace más que darse la vuelta de sopetón en cuanto escucha mis “buenos días”. Me mira de arriba a abajo y con fastidio levanta el dedo y me dice: “bonita, estoy yo antes”. Incluso se mueve girando su cuerpo para interponerse entre el mostrador y yo (como sifuese a robarle el sitio), lo que tampoco es complicado dada las dimensiones del hombre.
Cuando por fin llega su turno casi arremete contra la pobre mujer que acababa de recibir su cambio y la empotra contra una de los expositores mientras me mira desafiante, como si quisiese adelantarse a mi plan “roba-turnos” (si es que soy tan maligna que se me ve en la cara nada más llegar a los comercios). Y ahí empieza el turno de la pobre librera.
-Buenos días, ¿qué quería?
-Una pluma, quiero una pluma
-De algún tipo en especial
-Pues como la que tengo
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