Información y desinformación
Cuando era más pequeña y necesitaba buscar información acudía a mi gran enciclopedia Larousse, y si quería ampliar más revolvía entre los libros de la biblioteca de mi barrio. Y todos los datos encontrados los masticaba, los asimilaba y los arrojaba donde fuese necesario. Y me sentía orgullosa de mi ínfimo saber, porque había añadido ladrillos de conocimiento a mi cerebro, y poco a poco iba construyendo una “increíble” arquitectura de saber.
Luego, llegó Internet.
Y la biblioteca de mi barrio se quedo pequeña. Y mi enciclopedia Larousse quedó abandonada, siendo visitada de vez en cuando por el plumero de mi madre.
Llegaron los buscadores y sus resultados, que se agolpaban en la pantalla del ordenador esperando ser absorbidos. Decenas, cientos, miles de resultados. Fuentes de diferentes orígenes, con diferentes puntos de vista, con diferentes conclusiones. Fuentes que se contradecían las unas a las otras, fuentes que se quedaban a medias en cosas que no parecían interesarles, fuentes que mentían, fuentes que plagiaban, fuentes con ningún tipo de referencia.
Empecé a dudar de todo. Empecé a dudar de la información que encontraba en Internet, empecé a dudar de mis profesores, empecé a dudar de mis libros de texto, empecé a dudar de mi abandonada y gran enciclopedia Larousse.
Porque, ¿quién me aseguraba que todo era verdad?, ¿cómo podía fiarme al 100% de libros que se “olvidaban” de contar cosas?, ¿cómo podía fiarme de profesores cuyo discurso estaba determinado por una cierta ideología cultural?,…
Nos encontramos ante una sociedad del procesamiento de la información, que no del conocimiento. Puesto que no nos da conocimiento, sino que nos bombardea con tanta información que sería imposible que la mente humana la digiriese toda ella y la amoldara en su mente.
Esto no quiere decir que no podamos acceder al conocimiento (obviamente), ni que una sociedad de la información sea necesariamente mala. Al contrario, una sociedad de la información como esta puede hacer que el individuo sea capaz de pensar más por sí mismo, de analizar cuidadosamente su realidad y construirla de una forma más acorde a lo que podría suceder en una sociedad (o un pequeño grupo social) donde solo se da y se recibe una información limitada.
El problema es conseguir que el individuo llegue a este punto. Que no se quede en echarle cemento al primer ladrillo que encuentre, o que no eche cemento solamente a los ladrillos que le den otros, por mucho renombres que tengan. Es decir, que sea capaz de fabricar medianamente bien su ladrillo.
No es sólo dudar de lo que dice un poco reputado tertuliano en un programa de mañana, ni del correo electrónico que te mandan sobre el nuevo y potente virus que destruirá todo tu equipo. Hay que aprender, hay que enseñar que no valen meras referencias de “poder” (me lo dijo mi profesor, es verdad porque lo leí en …, es verdad porque lo han dicho en el telediario,…).
Cuando me encontraba en segundo de carrera cursé una asignatura cuyo libro de texto aseguraba que las medias de C.I. de afroamericanos y blancos eran diferentes (las de los primeros eran más bajas que las de los segundos). Ofrecía el autor unos ciertos datos y decía que a pesar de las críticas por algunos que se referían a las diferencias sociales, ahí estaban esos resultados.
El autor, profesor universitario, se olvidó de comentar que los primeros venían de un ambiente marginal y los segundos eran niños provenientes de clases media-altas. Se le pasó por alto comentar que el test que se les hizo por aquel entonces contenía algunos ítems de conocimiento cultural. Se olvido comentar que las medias a veces no son signo de diferencia, puesto que los más bajos de un grupo se llegaban a solapar con los más bajos del otro, pasando lo mismo con las puntuaciones más altas.
Como me dijo una vez una gran profesora en bachillerato, las peores mentiras son las medias verdades. Y siguiendo con ello, la información que recibimos es en ocasiones una gran mentirosa.
La información puede llegar a ser conocimiento, puede ser un tesoro, pero también puede ser muy peligrosa si no logramos formar a ciudadanos críticos, a ciudadanos que sepan pensar por ellos mismos.
El ratoncito Pérez no debe existir solo porque alguien te dice que existe.
Cierto, nos bombardean con tanta información que rápidamente la gente se centra en lo banal, y si intentas buscar algo mas profundo, el laberinto de datos te tendrá entretenido bastante tiempo, o incluso nunca llegues a encontrar una salida.
Peor que eso, te quedas con lo primero y punto. No decides buscar más, aunque con lo que te hayas quedado provenga de una novela de ficción (no hay más que acordarse de la polvareda que montó “El Código Da Vinci” y toda la gente que aseguraba ver una mujer desde entonces en el cuadro de “La última Cena”
Qué bueno, ayer estuve hablando con una amiga del mismo tema de las enciclopedias…, la gran larousse de 40 temas y sus 6 extensiones que aún tiene mi madre…, la de polvo que va a coger…
Con lo que era antes la pobre Larousse, algo así como Dios, y para lo que ha quedado…