Hoy he notado algo raro, muy raro, cuando me he montado en el Metro al salir de trabajar. Tan raro que por un momento he pensado que de repente empezaba a tener alucinaciones, y que el jarabe me estaba sentando mal.
Olía bien. Sí, sí, olía bien. Ni sudor, ni sospechosos tufillos a gases de cloaca humana, ni horribles mezclas de alcohol, perfume masculino del todo a 1 leuro y falta de jabón,…
El espejismo se ha roto al llegar a casa y echar un poco de alcohol de romero en el pañuelo (los ataques de tos de una en los últimos días han sido monstruosos) y descubrir que el alcohol de romero no olía. Para descubrir posteriormente que yo era la que no olía: ni alcohol de romero, ni lejía, ni el disolvente.
Y he comprendido que el Metro no olía bien, el Metro directamente no olía, o más bien yo no era capaz de oler el Metro.
Y ha sido entonces cuando después de días de congestión nasal, de ataques de toses nocturnas y las consecuentes ojeras, de ataques de congestión diurna y el consecuente pánico a que me encierren a trabajar en una sala de reuniones (dudo que me manden a casa), de jarabes, de vinagre y sal para las llagas de la garganta, de cebollas partidas por la mitad en la mesilla de noche, ha sido entonces cuando me he derrumbado.
Porque ha sido entonces cuando he sido plenamente consciente de que lo que tengo ahora, además de picores en la nariza, ausencia de olfato, estornudos constantes, es alergia primaveral.