Tierna y dulce humanidad
Pues sí, sería maravilloso llegar a ese garito atestado de humanidad mirar tiernamente al camarero sordo de turno que no sabe ni que existen los Gin tonic, estamparle un sonoro beso en la cara y llevarte bien protegido al cubata que acabará primero en tu hígado y luego en sitios mucho más insospechados.
Pero por alguna extraña razón dudo que sea buena idea.
Desde que viajo en metro dos horas al día me he vuelto aún más pesimista con respecto al género humano.
Quizá sea por aquella vez que me clavaron un tacón de aguja para poder pasar antes que yo.
O a lo mejor por todas las veces que al intentar salir del vagón acabó impulsada contra la otra puerta por un maremagnum de bestias salvajes que ansían obtener una plaza en el vehículo.