Sin ánimo de ofender…
Los presidentes latinoamericanos son a la política lo que los presidentes de fútbol españoles al deporte
PD: De los nuestros, qué decir que no se haya dicho ya
Los presidentes latinoamericanos son a la política lo que los presidentes de fútbol españoles al deporte
PD: De los nuestros, qué decir que no se haya dicho ya
Porque se han acabado mis vacaciones, porque mañana me toca madrugón de espanto (5.45 nada menos) y porque ya no tengo a 10 minutos esta magnífica playa:

Hoy he notado algo raro, muy raro, cuando me he montado en el Metro al salir de trabajar. Tan raro que por un momento he pensado que de repente empezaba a tener alucinaciones, y que el jarabe me estaba sentando mal.
Olía bien. Sí, sí, olía bien. Ni sudor, ni sospechosos tufillos a gases de cloaca humana, ni horribles mezclas de alcohol, perfume masculino del todo a 1 leuro y falta de jabón,…
El espejismo se ha roto al llegar a casa y echar un poco de alcohol de romero en el pañuelo (los ataques de tos de una en los últimos días han sido monstruosos) y descubrir que el alcohol de romero no olía. Para descubrir posteriormente que yo era la que no olía: ni alcohol de romero, ni lejía, ni el disolvente.
Y he comprendido que el Metro no olía bien, el Metro directamente no olía, o más bien yo no era capaz de oler el Metro.
Y ha sido entonces cuando después de días de congestión nasal, de ataques de toses nocturnas y las consecuentes ojeras, de ataques de congestión diurna y el consecuente pánico a que me encierren a trabajar en una sala de reuniones (dudo que me manden a casa), de jarabes, de vinagre y sal para las llagas de la garganta, de cebollas partidas por la mitad en la mesilla de noche, ha sido entonces cuando me he derrumbado.
Porque ha sido entonces cuando he sido plenamente consciente de que lo que tengo ahora, además de picores en la nariza, ausencia de olfato, estornudos constantes, es alergia primaveral.
A veces, yo me siento así cuando viajo en el metro… sobre todo cuando estoy pre-menstrual, como hoy:


Pues resultó al final que ayer no estaba hecha polvo únicamente por el cansancio acumulado de la semana (bueno, de los tres primeros días de la semana).
Hoy me he levantado con algo de fiebre (ayer también me acosté con algo de fiebre, pero sí, lo oculté) y creo que mi cara blanquecina ha asustado a los del curro, así que me han mandado a casa y he tenido que ir al médico a contarle la “verdad”.
La verdad se remonta a hace unos meses, cuando de improviso, una semana antes de incorporarme al mundo empresarial, empecé a ir más al baño que todos los jubilados de mi barrio juntos (y en mi barrio hay muchos, muchos jubilados, pero ese tema ya lo tocaré otro día que tenga ganas) y junto a esto empezaron a aparecer otros síntomas mucho más desagradables, hasta que la verdad se desveló en forma de penetrante y agudo dolor en el costado izquierdo: riñoncito izquierdo decidió convertirse en riñoncito cabrón.
La cosa es que me dieron pastillas para que me drogara una semana y se me pasó (bueno, también me dijeron que volviera al médico, pero también me dicen que cruce en verde, que no beba demasiado, que las drogas son malas, que está mal agredir a la gente,… ese tipo de cosas vamos).
.. Y entonces volvemos a la semana presente en el que después de unos cuantos meses de tregüa de riñoncito cabrón (mejor que nadie se entere de los detalles de la guerra fría), éste ha vuelto a la carga, y por su culpa ahora vuelvo a estar drogada, y encima pretenderán que vaya a hacerme no se cuántas pruebas. Por un simple principio de cólico nefrítico y una infección nefrítica de nada.
No sé para que se complican tanto, luego encima querrán que no me tome mis queridas cervezas, que aparte el azúcar de mi vida y no se cuántas cosas más. Teniendo una hermana con unos riñones sanos, más joven que tú, deportista, abstemia y anti-cigarros, ¿qué más se puede pedir?

Ojalá fuera gato mañana para aprovechar las mantitas calentitas que dejasen mis dueños, y acurrucarme hasta que requierese hacer otra cosa más interesante.
Imagen: Tired by ~zemex

En el edificio donde trabajo hay cuatro ascensores para cinco plantas. No sé cuánto tiempo llevarán allí pero desde el pasado mes de noviembre, en el que empecé a trabajar (sniff), me he quedado atascada en ellos unas tres veces.
Nada nunca de suma importancia, si exceptuamos el hecho de que siempre ocurre cuando vas a tomar un café, cuando vas a comer o cuando sales del trabajo. Pero nunca cuando regresas de llenar el buche o cuando entras a trabajar. Son unos ascensores con una pura alma corporativista.
Sin embargo, a pesar de sus grandes aportaciones al mundo empresarial, la pasada semana nos llegó una circular en la que se nos comunicaba que se procedería a instalar unos nuevos ascensores: primero cambiarían dos y luego los otros dos. Debe ser que se dieron cuenta que si tres ascensores eran capaces de estropearse a la vez a lo mejor más que funesta probabilidad (funesta probabilidad: que todos los días haya al menos un ascensor fuera de servicio, y que cada tres días haya dos ascensores fuera de servicio) las causas podían ser más bien debidas a “funestas condiciones de funcionamiento”.
El caso es que ahora tenemos solo dos ascensores en funcionamiento y sobra decir que las colas y las esperas que se montan son inaguantables (al menos para mi débil paciencia). Esperas en las que acabas descubriendo que la mitad de los que suben lo hacen al piso inmediatamente superior (cuando subes) y que cuando bajas los de esa misma planta son los que más se concentran esperando al ascensor (y esperas en las que acabas pillando la escalera por desesperación).
Y es entonces cuando empiezas a darte cuenta que el peso y volumen corporal medio de los de la segunda planta supera con creces al resto del edificio, que son los que normalmente hacen que cada vez que se suben al ascensor éste baje un poco más, que son los que parecen ahogarse por tener únicamente que subir las escaleras de la entrada.
Y te preguntas si la segunda planta tiene algún tipo de influjo maléfico repleto de carbohidratos, o son sus acumulados carbohidratos lo que les ha llevado a trabajar en la segunda planta.
Imagen: Fat by ~Nnako2
Pues sí, sería maravilloso llegar a ese garito atestado de humanidad mirar tiernamente al camarero sordo de turno que no sabe ni que existen los Gin tonic, estamparle un sonoro beso en la cara y llevarte bien protegido al cubata que acabará primero en tu hígado y luego en sitios mucho más insospechados.
Pero por alguna extraña razón dudo que sea buena idea.
Desde que viajo en metro dos horas al día me he vuelto aún más pesimista con respecto al género humano.
Quizá sea por aquella vez que me clavaron un tacón de aguja para poder pasar antes que yo.
O a lo mejor por todas las veces que al intentar salir del vagón acabó impulsada contra la otra puerta por un maremagnum de bestias salvajes que ansían obtener una plaza en el vehículo.
Mi primera opción fue amenazar a mis lectores para que me dejaran mensajes (eso de dar pena es que nunca me ha gustado). Luego comprendí que a mi novio le tengo ya demasiado amenazado como para también pegarle (*) por no dejarme comentarios en todas las entradas (ya casi inexistentes).
Mi segunda opción fue la de borrarlo todo y echar el cierre sin decir ni mú (muy de mi estilo por otra parte), pero me dio penita, tanta que pensé en instalar un tema nuevo y proponerme en serio y por vigesimoquinta vez volver a la carga con esto (aunque una parte de mi corteza cerebral esté estallando ahora mismo en carcajadas).
Mi tercera opción fue irme con una amiga a casa de otra amiga suya a beber cerveza, comer pastitas con sabores a Italia y hablar de porno y de cómo montar una productora porno para féminas.
Y por eso llevo una semana entera posponiendo la segunda decisión, porque pensar en el porno quita mucho tiempo.
Leyendo hoy el mail que ha publicado Mina Harker sobre “Suegras y Madres” me ha venido a la cabeza algo que pasó hace algunas semanas en mi casa.
Estábamos cenando cuando se presentó sin previo aviso la madre del chico al que le tenian mis padres alquilada la plaza de garaje “que nos sobra”, por lo visto su hijo se iba de casa y se mudaba a otra zona, por la que ya no la necesitaría. Que nos lo vendría a decir él, pero que ella venía a pagar ese mes que sería el último porque el pobre chico no podía.
De ahí pasamos a unos minutos en los que después de preguntarle cortesmente qué tal estaba su hijo (son conocidos de muchos años) empezó a alabar lo buena persona que era su hijo, lo inteligente, etc. (buena persona es, todo hay que decirlo).
Pero mire usted que mi madre le preguntó que como es que se independizaba, y la mujer de repente se tornó verde y dijo por lo bajini que se iba a vivir con su novia.
Que no le parecía bien, que era una ida de cabeza de su hijo, que ya verían como pronto volvería con las orejas gachas, y que ella estaba deseando que eso ocurriese.
Y su novia… Una aprovechada, una agarrada de tomo y lomo, a saber de dónde había salido esa, era una mala pécora, le iba a arruinar la vida, le estaba robando todo el dinero. Se estaba aprovechando de lo bueno que era su hijo.
-Pero, ¿se conocen?
-No, porque yo no quiero conocerla
-Pero, ¿es que su hijo no está feliz?
-Oh sí (tono de poco sutil rencor), él parece muy feliz. De hecho parece más feliz que nunca, pero yo estoy deseando que vuelva a casa, porque se va a dar el trompazo, y volverá a casa, y eso pasará.
Desde luego, me daría miedo que esta mujer fuese mi suegra, pero tendría terror si fuese mi madre.